Usted está en: Listado de Noticias
Noel Zapico: "Para la integración de los emigrantes es necesario un contrato social compartido por la sociedad de acogida"
(Haga clic en el titular para consultar la información)
NOEL ZAPICO, adjunto a la Procuradora General del Principado, pronunció el MIÉRCOLES 25 de ENERO en el ATENEO JOVELLANOS de Gijón la conferencia "Un cristiano comprometido con la realidad". El sindicalista e impulsor, entre otras obras, del Instituto Nacional de Silicosis de Oviedo, recibió del Ateneo una placa en agradecimiento a las numerosas atenciones dedicadas a la institución. ZAPICO fue presentado por JOSÉ LUIS GARCÍA BIGOLES, experto en Derecho Laboral. Por su interés les ofrecemos un amplio resumen de la conferencia.
"Ante las pateras y los cayucos nos quedamos sin discurso, entre la mera compasión ante el drama humano y la verdadera falta de voluntad política de caminar hacia un mundo más justo. Es el momento de las justificaciones ideológicas. A lo mejor esa es la respuesta que cada uno debe dar, tomarse en serio su radicalidad, porque la radicalidad es algo muy diferente a quemar autobuses.
Es tomarnos en serio las dos dimensiones del cristianismo: la mística y la profética. Meternos en la experiencia originaria, para desde ahí cambiar las cosas. “Por que no podemos cambiar nada sino cambiamos nosotros primero”. En nombre de la libertad, de la igualdad, o lo que es peor, de Dios, se han cometido muchas injusticias. Y sino cambiamos las cosas, es que tampoco nosotros hemos cambiado nada. Sin participación social y política las soluciones son testimoniales y voluntaristas; sin una verdadera espiritualidad corremos el riesgo de cambiar todo, para que nada cambie. Si no tenemos esto claro, dejaremos unas bases excelentes para que el mundo lo gobiernen las multinacionales, que esas si que lo tienen claro. Sobran discursos piadosos, maniqueos, superficiales, simplificadores, tanto religiosos como políticos, y faltan planteamientos serios, críticos, abiertos a la complejidad, al compromiso personal, y la participación política.
Estamos demasiado ocupados, demasiado centrados en nosotros como para abrirnos a la realidad de los otros. No sabemos mucho de los diferentes, de los excluidos, no somos capaces de poner rostro a los muertos en el Estrecho, no conocemos su vida, ni su llanto, ni su alegría. Con frecuencia vivimos sin saber ir más allá de la noticia de la televisión y del telediario, sin que eso nos suponga algo más que un mal rato pasajero, que deja en nosotros el pesado y amargo peso de lo inevitable. Lo que nos incomoda o desagrada tendemos a borrarlo de nuestra conciencia. Conocer quienes son y como viven los emigrantes sería el primer paso para devolverles la dignidad. Interesarnos por ellos, por las personas y por el colectivo.
Consumo como huida hacia adelante.
Lo queremos todo, y todo nunca es suficiente. Es una escalada hacia ninguna parte, donde al final uno acaba viviendo para tener mas y, cuando tiene mas, se endeuda para tener mas. En esa huida no podemos volver la cabeza para ver a quien hemos dejado atrás, los excluidos, los que están en desventaja no existen, o, simplemente, nos amargan la fiesta. No todos somos igualmente responsables, ni participamos igual, pero una atmósfera de nuevos ricos, similar a la que denuncia “José Saramago” en “La Caverna” se ha instalado entre nosotros. El consumo es la gran legitimación libidinal del sistema, el consumo es la puerta de atrás por donde el sistema coloniza nuestros deseos mas profundos y mucha veces nos autoengañamos con un discurso ideológico, en el que todo queda referido a un horizonte utópico, en otro tiempo y en otro lugar, mientras realmente nuestros afectos están puestos en otro sitio.
El bienestar que disfrutamos es un valor, pero fácilmente puede hacer que desconectemos de las preguntas acerca de los otros y de su circunstancia. La pregunta moral de la Teología de la Liberación, “¿y tú de que lado estás?”.
Desde tal perspectiva la respuesta a esa pregunta está, con frecuencia, dada de antemano. La cultura de la satisfacción amenaza la posibilidad del reconocimiento de los otros, en especial de los excluidos y los situados en desventaja.
Es el antagonismo entre Dios y el dinero que denuncian los Evangelios. Nadie quiere vivir mal, pero hay que sospechar de un bienestar que es poco o nada universalizable, porque es un bienestar injusto. Tenemos que atrevernos a examinar cuales son los materiales con los que se construyen nuestros sueños, cuales son los precios a pagar, y quien los paga. Hay que sospechar de un bienestar que hay que proteger con una valla de alambre de espino. Eso es ética y ecológicamente insostenible. Nuestra aspiración al bienestar es legítima, pero no podemos desarrollarnos a costa de otros, ni negar a otros el derecho al desarrollo. Si queremos sobrevivir como especie debemos asumir los límites éticos y ecológicos del bienestar.
Un contrato social incluyente y compartido por sociedades de acogida a inmigrantes es absolutamente necesario para la integración y la convivencia, pero no suficiente.
No basta con generar un discurso abstracto favorable a la integración. Eso es imprescindible, pero la integración no se realiza sin contacto y sin gestos humanos. Necesitamos un diálogo intercultural que involucre los aspectos más afectivos, emotivos, espirituales y lúdicos de la experiencia humana. Necesitamos integrar a los emigrantes y, para eso, necesitamos mayor conocimiento y contacto mutuos.
Tenemos miedo a perder la identidad, a no ser, a la disolución, a la fragmentación, a la pérdida del sentido biográfico y colectivo. Un miedo incapaz de afrontar los mecanismos económicos e ideológicos que provocan incertidumbre. Una identidad tentada a buscar explicaciones simples a la complejidad que nos rodea. Desde esa identidad en crisis la tentación de buscar, en la religión, la nación, la etnia o en el grupo, una respuesta integrista a la crisis de identidad que padecemos es demasiado frecuente.
El malestar y la violencia causada por mecanismos aparentemente anónimos, tras los cuales se esconden intereses que se diluyen tras la “mano invisible” del mercado global, se proyectan no sobre los acreedores de esos intereses, sino sobre los perdedores del sistema. Se acaba culpando, así, a los inmigrantes de problemas que tienen causas complejas como el paro o la inseguridad ciudadana. Se trata de generar miedo para evitar que los verdaderos problemas se planteen, es una cortina de humo que sirve de coartada ideológica para mantener el statu quo.
El miedo al inmigrante funciona como otros miedos sociales, como un instrumento de control ideológico explotado al servicio de intereses electorales, como un elemento que evoca los mas primarios de seguridad y orden. Primero, se fabrica la amenaza, se llena de fantasmas el imaginario social, se apela a lo más atávico y primitivo de la condición humana, miedo a la pérdida de la “unidad”, de “la pureza”. Miedo a la diversidad, al mestizaje, al pensamiento complejo, fuera de los lugares comunes y los tópicos de nuestra cultura. Desde lo fantasmagórico se impide el abordaje de los problemas reales. Después, aparece “el grupo” o la persona que trae la solución, generalmente en forma de “ley y orden”. Se engaña y se manipula a la población presentando a la inmigración siempre como una amenaza, como un problema a nuestro bienestar, una invasión. Se manejan datos estadísticos de manera catastrófica, frecuentemente predomina el enfoque negativo sobre este tema.
Ahora bien, la emigración genera problemas, pero también impactos positivos, de tipo económico, demográfico, humano y cultural. Pensar que los emigrantes son los que crean el problema, sin tener en cuenta nuestra responsabilidad en el modelo de desarrollo que hemos generado, es autoengañarnos. La emigración genera riesgos, pero nuestra manera de abordarla frecuentemente los multiplica o con frecuencia bloquea la posibilidad de afrontarlos. No puede ser que al final, un fenómeno tan complejo y tan estructural se reduzca a un debate sobre avalanchas, tipos de vallas, a la cuestión de si es sólo un problema español o es también un problema que atañe a Europa y al resto del mundo.
La verdadera realidad es que los emigrantes han venido sosteniendo gran parte del crecimiento económico español y europeo del que hasta ahora hemos disfrutado, necesitado de una mano de obra dispuesta a hacer los trabajos que los europeos no queremos hacer. Su contribución al crecimiento de los fondos de la Seguridad Social y al crecimiento demográfico es innegable: sin ellos, España y gran parte de Europa, el continente más envejecido del mundo, perderían población. No se trata de ignorar los problemas que puedan originarse alrededor y entorno del fenómeno migratorio, como los conflictos interculturales, de valores, de diálogo interreligioso, de sobrecarga de servicios públicos, delincuencia organizada, existencia de guetos, pero sí de situarlos en un contexto exento de populismo y de mala conciencia. Ni asimilar sin más, ni crear guetos, tampoco tolerar desde la indiferencia.
Hay valores universales que forman parte esencial de nuestras sociedades, que debemos promover y que señalan unos mínimos mas allá de los cuales la convivencia democrática se torna imposible.
Pero los Derechos Humanos son irrenunciables para las sociedades occidentales, aunque a veces se vulneren. Muchos de los emigrantes que vienen a nuestros países proceden de culturas con tanta historia, cultura, riqueza y bagaje como la nuestra, en muchas ocasiones son personas más cultas e instruidas que gran parte de la población que a veces critica su presencia. No podemos aceptar que se equipare sin más inmigración y fundamentalismo, porque son dos fenómenos distintos que se dan tanto en la población emigrante como en la sociedad de acogida.
Hay que recordar que nosotros también hemos sido emigrantes hasta hace poco, no podemos caer en una conciencia de “nuevos ricos”. Si queremos comprender mejor a los emigrantes deberíamos hacer un ejercicio de memoria sobre nuestro pasado reciente, y tratar de entender desde ahí sus problemas. Eso podría ayudarnos a ponernos en el lugar de los otros.
“Componer el lugar” política y socialmente.
No podemos vivir como si estuviéramos solos, porque no lo estamos, no podemos vivir de espaldas a los otros, hay que tomar partido por los últimos. Hay que situarse y preguntarse a quien benefician nuestros silencios, sobre que cosas nunca hablamos, que dicen nuestros silencios, sobre que cosas callamos, porque muchas veces son mas significativos nuestros silencios que nuestras palabras. Hace falta un rearme moral y político, recuperar viejas palabras e incorporar otras nuevas.
Derecho al desarrollo y límite ético y ecológico.
Nos hemos desarrollado con unos grandes costes sociales y ecológicos; la historia de Europa está hecha de luchas sociales por la emancipación y por una distribución mas justa de la riqueza. Llegar hasta donde ahora estamos ha supuesto grandes esfuerzos, esa lucha ha costado muchos muertos, muchas guerras, mucho sufrimiento y un gran deterioro ambiental. Para desarrollarnos hemos utilizado los recursos naturales, humanos y económicos de países que han sido colonias y, ante las dificultades para desarrollarse, los habitantes de esos países optan por venir a lugares donde pueden tener más oportunidades.
Ahora, muchos de esos países quieren desarrollarse como nosotros lo hicimos, utilizando gran cantidad de energías no renovables y materias primas, y la tierra protesta y amenaza con no aguantar. Los países emergentes reclaman su derecho a desarrollarse como nosotros lo hicimos, contaminando, esclavizando, creando tremendas presiones sociales que se reprimen con mano dura.Nuestra respuesta no puede ser como tantas veces un proteccionismo que cierra nuestros mercados a sus productos, a menudo subvencionados por los estados, como es el caso de muchos productos agrícolas europeos, que inundan los suyos después de transformados.
Necesitamos dejarlos jugar, y que puedan aprovechar sus ventajas, pero estas no pueden ser la ausencia de derechos sociales, el trabajo infantil o la destrucción de la naturaleza. No es coherente un mundo en el que no hay fronteras ni para el capital ni para la contaminación y donde sí las hay para las personas.
Necesidad de un modelo global de desarrollo sostenible.
Sin un modelo de desarrollo sostenible, la humanidad no tiene futuro. Necesitamos aprovechar las ventajas del comercio, pero las reglas deben ser equitativas para todos, y no son aceptables las prácticas de las empresas o países que no respetan los derechos laborales, sociales, humanos o el medio ambiente. Hay que hacer lo posible, lo necesario, y lo necesario es lograr que el comercio mundial sea un instrumento de desarrollo y no de dominación. Sin políticas públicas y globales y estatales, será imposible que los beneficios del comercio internacional lleguen a todos sin crear condiciones laborales y medioambientales degradantes. Es necesario que los beneficios económicos lleguen a las poblaciones que primariamente los originan, y que las riquezas de los pueblos del sur puedan ser aprovechados para el desarrollo de sus poblaciones.
La misión global de Europa.
Europa, el continente que ha alumbrado la Ilustración, los derechos humanos, la democracia y gran parte de los logros culturales de la humanidad, tiene una responsabilidad moral con el resto del mundo, que ha sido en diferentes momentos soporte de su desarrollo económico. Europa tiene una experiencia histórica y una entidad únicas, ha vivido grandes luchas sociales y el antagonismo entre el capitalismo salvaje y el socialismo real, y ha dado lugar a su propia síntesis: el Estadio del Bienestar y la U.E.. Los principios y la experiencia histórica que la han hecho posible pueden aportar mucho al establecimiento de una gobernanza mundial. Europa ya ha dado respuesta a muchas de las cuestiones que se plantean actualmente en ese sentido.
Unas instituciones públicas y democráticas sólidas han facilitado no sólo que se cree riqueza, sino que se reparta, y han contribuido a crear sociedades educadas, instruidas y cohesionadas. La lección de Europa es que si se quieren crear las condiciones de la paz, hay que empezar por poner en común las bases materiales que hacen posible el desarrollo.
Algunos pretenden ver en la U.E. tan sólo el triunfo del capital, pero para quien conozca mínimamente la historia de Europa, se trata de un éxito social sin precedentes. Esta experiencia es exportable. El mundo necesita hacer lo mismo que hizo Europa, poner en común las bases del desarrollo y, para eso, hacen falta instituciones públicas multilaterales, sólidas y democráticas a nivel mundial, que coordinen políticas públicas que pongan los mercados al servicio de las personas y de las sociedades. Si Europa deja de ser un enano político en la escena mundial puede ser el gran agente que impulse los cambios necesarios para un mundo mas integrado, más justo y mas sostenible".




